Aviones

Gente de toda clase social se había dado cita en una improvisada pista de aterrizaje, cerca del desvío al lago de Ilopango, la tarde del viernes 6 de marzo de 1925. El sol todavía era muy fuerte y pegaba directamente en sus rostros, pero parecía no importarles. Tal era su interes por presenciar el evento inaugural de una serie de espectáculos aéreos acontecidos cerca de la capital, que llegaban en vehículos, camionetas y también a pie; para ellos dicho evento se presentaba como algo exótico en estas tierras de perenne paisaje reptado por cerros y volcanes.

Un coctel se había servido en una ramada al lado de la pista y en las mesas había profesores, artesanos, comerciantes y políticos. Aunque además asistió gentuza  curiosa  de los cantones circundantes y un gran número de habitantes de los mugrosos mesones de la capital. La algarabía fue puesta por la Banda de los Supremos Poderes con sus interpretaciones de Fox-Trots, tangos y pasos dobles. Mientras los más chicos jugaban pateando una pelota de trapo alrededor de los presentes, creando una sublime atmósfera de camaradería al encuentro que se convertiría en el evento más rocambolesco de ese año.

Como era costumbre en los eventos de alta clase social asistió el médico cirujano Prudencio Pecorini, de cuarenta y cinco años de edad, divorciado de su tercera esposa, tupido bigote y ojos saltones. Su egregio vozarrón no era recíproco con su exigua estatura. Sin embargo para nadie era un secreto esa costumbre suya por derrochar en profanos placeres la fortuna que por años había logrado amasar en su visitado consultorio del Centro, ubicado en la segunda calle poniente No 123, contiguo a la peletería del famoso “Mennoti”.

Su mayor interes en la vida fueron siempre las mujeres, las cuales para él resultaban una suerte de vicio incluso más adictivo que los juegos de azar que gustaba departir con sus allegados: poker, lotería de cartón, los chivos, los gallos. Toda oportunidad para él se convertía en una forma de ganar dinero, incluso apostando desde bien temprano en las carreras de caballos los domingos en el Campo Marte. Además de ser un pícaro de primera siempre recurría a su astucia para obtener lo que quería, dejando para el juicio de crédulos y escépticos su caprichosa moral al beneficio de la duda. Entre los desbordados rumores de los presentes y las miradas de reproche se podían enumerar abortos forzados, infidelidades, deudas remisas, desfalcos, estelionatos y evasión de impuestos. Durante esos años Prudencio aun conservaba su frondosa salud, saludando como siempre calando su sombrero Stetson. Agitando su mano mostraba con su mistíco ademan,  sus extraños y alargados dedos, de los cuales relucían brillantes anillos de oro y plata, la mayoría producto de la usura a la que también se dedicaba.

Llegó acompañado por su joven y bella amante Tina Meléndez, de quien me referiré en su determinado momento. Ella se mostraba tranquila y fascinada por los aviones. Era la primera vez que presenciaba algo similar.

Ya mientras tanto al otro lado de la ramada, sentado sobre un taburete, apresuradamente Gabriel Romero ensambla las piezas del trípode de su cámara de larga exposición Göetze. Él es un muchacho de 27 años de edad, de oficio periodista y en tal calidad, redactor de noticias de gente y sociedad del Diario Latino e intimo amigo de su director Luis Pinto.

Al escucharse las primeras detonaciones de una fila de barriles que estaban al centro de la pista, la gente comenzó saltar inquieta de sus cómodos puestos, de pronto de tres direcciones distintas aparecieron aquellos pequeños  puntos relucientes, que con el correr de los segundos se hacían más grandes cuando avanzaban en dirección al lugar del espectáculo. Chicos y grandes contemplaban absortos girando sus cabezas de un lado a otro en dirección al cielo, mientras la tarde se había dado el lujo de quedarse sin su arrebol, y era súbitamente interrumpida de su místico silencio del trópico por el atronador ruido de los enormes motores de aquellos aviones surcando el cielo.

Una vez realizadas unas cuantas piruetas a prudente distancia, se procedió a las más hozadas y peligrosas: para ello, los pilotos sobrevolaron tan cerca del suelo que la gente hubo de salir corriendo espantada, causando caos y atropellados en aquella confusa infantil tropelía creyendo una colisión inminente contra su humanidad. Restablecidos de la confusión y el desparpajo todos reían, vitoreaban y con fragosas hurras y aplausos rendían admiración avistando perplejos aquellas singulares proezas ejecutadas por parte de los pilotos estadunidenses, una algarabía de manos estrechadas y abrazos irradió aquella tarde. Fue justo en ese momento –que por suerte o desgracia- cuando cruzaron miradas Gabriel y la señorita Menéndez, fue un amor a primera vista. Después de ese momento fue imposible contenerlas, lo que levantó sospechas del curioso Doctor.

Tina era su secretaria. Prudencio con dotes de Don Juan había logrado conquistarla en el café “Mundo Latino” del centro, al que ella asistía regularmente con sus amigas luego de sus clases de economía familiar en el instituto de señoritas. Él continuamente la invitaba a dar paseos en su Chrysler Impala modelo blanco y negro de 1922, a lo que a la larga terminó accediendo la airosa mengalita. Era una muchacha de cautivadores ojos marrones, seductor corte al ras de la nuca, con raya a un lado y flequillo teñido de rubio estilo garçon, moda muy difundida entre las muchachas de la capital, que pavoneándose entre risas y con su eterno afán de meterse en muchos y variados tópicos, llenaban las plazas y avenidas de la capital. Luciendo las más atrevidas, como era el caso de Tina, ajustados vestidos cortos, de vistosos colores: amarillos, grises y lilas. Tricornios y sombreros de ala ancha de terciopelo con tocados de plumas y torogoces disecados, imitando el glamur de las grandes actrices de los filmes de Hollywood y la Metro Golding Mayer; desafiando el sumiso y vulnerable gusto por la belle Époque de sus madres.

¿A usted le gusta apostar? ― Preguntó Prudencio al joven Gabriel que impávido no disimulaba el interés por Tina. Hermosa y sensual luciendo un escotado traje ceñido, pero ligero, arriba de las rodillas y de un penetrante tono bicolor rojinegro.

¡Jamás me ha gustado Doctor! ― aseveró el joven. Mientras Prudencio, parado a un lado del refrigerador marca Kelvinator, que funciona con quemadores querosene, lo observaba entrecerrando sus ojos debido al humo del cigarrillo Samsun que pende de sus labios, mientras destapaba una cerveza marca Pilsener, apodada cariñosamente por sus parroquianos como los “miados” de los Meza-Ayau, para ofrecérsela a Gabriel.

Muchas gracias señor, me encuentro trabajando y no es posible que pueda aceptarla ― Dijo con vos entrecortada el muchacho. En voz baja el médico hizo una propuesta tentadora a Gabriel –mucho más aventajado en el mundo que él- que le fue del todo imposible resistirse. Acordaron sentarse en una mesa al fondo, luego de tantas insistencias el muchacho dispuso a tomarse unas cuantas cervezas. Eran como las diez y media de la noche, una sinfonía nocturnal de chicharras y una vieja vitrola castigaban el silencio de la noche iluminada por la luna llena. La bendición de Dionisio había descendido entre las gentes que aún permanecían ingiriendo bebidas, yendo en contra de la ordenanza municipal, dado el hecho de que la policía se encontraba participando del ambiente festivo.

De pronto un ensordecedor golpe de manos  al centro de la solitaria mesa hacia volar los naipes, billetes y monedas de plata por los aires. Eran Prudencio y Gabriel que disputaban una partida de póker en la cual, sin ápice de duda, el médico cirujano estaba siendo desbancado por el muchacho. El periodista era un estuche de monerías y creía conocer la forma de poder conquistar a la mujer que él consideraba estaba –y con justa razón- desperdiciando su vida con ese estropajo de tipejo, tan criticado por toda la sociedad. Esto debió ser planificado con anticipación por Gabriel, era demasido tarde para contener los rumores de sus citas con Tina mientras el galeno abandonaba su residencia.

A esas alturas de la partida su mayor tino fue conservar hasta el último momento en sumo secreto su anterior profesión como croupier en el famoso casino y cabaret Imperium que estaba ubicado en el centro de Texas. Éste se habría quedado a vivir hacia tres años en ese lugar, luego de asistir a un Congreso Internacional de periodistas celebrado en la calurosa ciudad de San Antonio, alquiló una pieza y decidió probar suerte en su profesión y mal logró muchos meses en busca de trabajo sin encontrar resultados favorables. Durante su estancia en el norte Gabriel siempre opinó que si los veranos eran terribles, los inviernos en aquel lugar desértico eran sin duda más duros, todo esto mientras recién se empezaban a construir los acueductos subterráneos que abastecerían a la ciudad. Su suerte comenzó a cambiar cuando encontró ese trabajo tan inusual e inesperado.

Volviendo al asunto que nos compete en los hechos que se dieron en la ramada, esa noche tras una no tan amena conversación después de tomar más Pilseners de las debidas, Gabriel se percató del vicio de Pecorini y se apresuró a tomar ventaja. Fingió ser un neófito y torpe con las cartas, fingió cada jugada y perdió a su antojo hasta tenerlo pronto convencido de su superioridad en las cartas, y por supuesto, en los coqueteos con la siempre sonriente diosa de la fortuna, que en esa ocasión iba a conspirar en contra del impío y corrupto galeno.

En pocas horas había perdido todo lo que traía consigo, sus joyas y alajas, su vehículo e incluso las escrituras de sus fincas de café en San Sebastián Salitrillo y sus residencias dentro y fuera de San Salvador. Full tras full había perdido algo, por lo que inmediata e inútilmente intentaba recuperar apostando algo de valor mayor o equivalente. Viéndose sin nada más para apostar, le dijo con vos temerosa y recortada: te apuesto todo o nada, Tina será la garantía. Un destello irradió de los ojos cafés de Gabriel que contestó con un rotundo sí. En la última jugada, el médico descartó de entre sus cartas el cinco de copas, la sota de oro y el rey de bastos conservando los ases de espada y oro respectivamente.

¡Está todo resuelto! ―  pensó. Acto seguido pidió al muchacho sacar del tope de la baraja los respectivos cambios. Tras barajar sus cartas con el corazón en un hilo y un nudo en la garganta, las deslizó suavemente una por encima de la otra hasta descubrir la última carta, y se dio cuenta que tenía tres ases y una pareja de cuatros: un full que se miraba muy prometedor y que alimentaba las esperanzas de recuperar todo; más no le importaba perder a su mujer. Destapó sus cartas ante el muchacho que se había pedido cuatro cambios.

¡Bueno pues chico, al parecer esta no es tu noche, tuviste toda mi fortuna en tus manos y se te escapó! ― Le dijo Prudencio con una enorme sonrisa mientras mostraba su juego.

El muchacho sonrió desahogado mientras tomaba el último sorbo del envase de cerveza colocada sobre la tambaleante mesa. Agachó la cabeza y fingió sordida triteza, nadie sabía el caprichoso destino del azar.

¡Póker de machos! ― Gritó el muchacho, mientras los curiosos y enemigos conjurados de Pecorini presenciaban la inusual suerte de Gabriel Romero, el periodista y croupier de casino, y en tal calidad un completo artista en el arte de contar cartas, gacetillas, poemas, cuentos y ensayos.

Para Prudencio fueron gran oprobio las burlas y carcajadas de los presentes que se acercaban a ofrecerse como testigos y hacer correr la voz de la legalidad del gane. Carcomido por la rabía desenfundó del bolsillo interno de su solapa su pistola semiautomática  M1911, conocida vulgarmente en el argot del populacho como escuadra, y le asestó un mortífero disparo de 45 milímetros en el costado inferior izquierdo del joven Romero, lo que provocó un intenso sangrado que lo llevó a la muerte. Ese mismo disparo dispersó a curiosos y espectadores en general, los cuales se echaron a correr del lugar, quedando en el lugar solo un muchacho de tes humilde que sería el único que trató de darle auxilio a Gabriel que desangraba a borbollones. Prudencio de quien también se decía que tenía pacto con el diablo escapó del lugar, la policía fue su cómplice y se encargaron de silenciar aquel suceso.

El reporte de las pruebas condenatorias que se presentó al juez acerca del cobarde homicidio rezaba de la siguiente manera: “murió por herida mortal de bala causada por Pedro Pushtla, de 19 años de edad, indio originario del cantón Calzontes Arriba del departamento de Santa Ana, conocido ladrón de poca monta que llegaba todas las tardes a la capital en supuesta busqueda de trabajo, atraído por el espectáculo aéreo, se introdujo como polizón al evento y tras varios días de seguirle los pasos al joven Gabriel Romero, que generalmente viajaba solo, intentó robarle su cámara nueva de fabricación alemana. Éste al encontrar resistencia, disparó despiadadamente contra el periodista. El delincuente ya se encuentra recluido en el castillo de la policía en espera de su condena, exortamos a que se aplique con todo rigor la ley para este abominable criminal”.

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