Wherter para Lluvia

Su nombre siempre fue grato en mis oídos en todo momento, se llama Lluvia Toescha y de costumbre asistió religiosamente como cada jueves a aquella librería nada especial del centro. El negocio está en un cuarto de esas casas de principio de siglo, con su fachada aún aletargada por el místico tiempo.

Era un lugar pequeño, columnas apiladas de diccionarios y almanaques, estrechos pasillos y libros desbordados por todos lados. Esto jamás incomodó a lluvia, que recogía siempre en un moño aquellos largos y negros cabellos, que siempre melindrosamente entorpecían su visión e impedían que se sumergiera por completo en la sección de aquel cuarto en el que más le gustaba permanecer, la esquina de las novelas y obras clásicas.

Ella es una mujer harto intempestiva, de muy pocas palabras, mirada fuerte y penetrante. Una riquilla hija de un médico que viajó con su familia al rededor del mundo; adornada – para mi buena o mala fortuna- por una belleza inigualable, cósmicos lunares, grandes camanances y ojos de belleza astral. Lleva siempre consigo vestidos largos que marcan su figura de cerros y páramos vírgenes, sombrero de ala ancha y guantes largos, de ideología liberal -como yo lo sé- a comprado más de un libro de Zola.

Hace diez años la veo entrando y saliendo de “El Barco”, nombre que eligiera hace años mi padre para el negocio familiar. Ella pareciera siempre que se encuentra buscando algo específico con apremiante afán; algo que resulta tan místico y que al parecer sé le es escurridizo en su vida.

¿Cómo sé todo esto?

Hace diez años estoy enamorado en secreto de Lluvia, mi corazón late a velocidades que el ser humano a penas y resiste, también a sufrido un calvario desde que puse los ojos en ese demonio del lunar cerca de los labios. Viéndola desde la vitrina desfilar del brazo de muchos pretendientes, agonizar mientras extendía su mano exhibiendo su anillo de casada y volar sin alas cuando se hicieron públicos sus tres continuos divorcios.

Sin embargo, la pusilanimidad me ganó la partida, todo este tiempo fue en vano. Estos pasados inviernos fueron terribles, y más aún cuando se sufre en la soledad. Jamás me atreví a confesarme con ella. Quizá un ataque súbito de sinceridad hubiera cambiado el cruel designio del padre cronos. Pero nunca lo hice, calle y sufrí todo este tiempo cual pasión del joven Isidoro, las fuerzas cósmicas no conspiraron nunca en mi favor, hasta ayer.

Era un jueves de febrero, sostenía en sus largas y hermosas manos una bella edición de conmemoración del centenario de “La dame aux camélias” cuando rompió en llanto, vio hundidas sus esperanzas y se declaró a si misma derrotada al no encontrar lo que tanto anhelaba. Aunque nunca había pasado de ser una relación fría de vendedores a clientes, me acerque y conecté, con un sutil roce de mi mano enjugando sus lágrimas que rodaban en sus rosadas mejillas, nuestras almas y la abrace sin restricciones. Hasta ese momento ambos nos llegamos a conocer sin hablarnos por tantos años, intercambiando indescifrables miradas, sabía que libro ofrecerle por cada estado de ánimo, y vaya que mi alma aprendió a leer con sólo poner atención a las vibraciones de su ser. Sabía que libro la iba hacer llorar y con cual la haría volar. Es que en algo coincidimos los dos, además de disfrutar de un buen libro, ella sólo existiría yo sería sólo feliz.

Con el correr de los días las visitas se hicieron más prolongadas, las tertulias se extendía hasta ya bien entrada la noche. Me contó de sus viajes en barco a Europa, me contó de su madre y como murió en aquella peste del cólera en China y de aquella bendita novela de Goethe que poseía en la última página la dirección exacta del sitio donde por última voluntad pidió que la enterraran su madre, este exótico ejemplar  había sido extraviado en la Oficina de Correos ya estando en San Salvador, su madre habría encargado mandárselo en su lecho de agonía.

Ella ansiaba hace años tener ese libro en su poder, por eso buscaba con ahínco en cada librería de la ciudad, donde se compraran y permutaran toda clase de libros. Es así como conoció “El Barco”, fue de esta manera como se afianzó a su propia costumbre, a un hábito, ¡el ser humano es un ser de hábitos! Repetía murmurando en su esquina predilecta y con el paso del tiempo se quedó comprando muchas obras por todos estos años en blanco y negro. Bastaron sólo dos almas en entera conexión para saber que yo siempre estuve, estoy y estaré para ella. El tiempo perdido fue en vano, ella me vio todo el tiempo y quizá, sólo quizá, incluso demostró algo que jamás note, jamás sabré eso y quizá ya pronto.

Hasta ayer pude constatar que las fuerzas del destino son poderosas, los caminos de la vida jamás son como uno los imagina. Este día entre mis papeles encontré un recibo y recordé que hace años llegó “Wherter” y papá lo vendió a un amigo zapatero de Chalchuapa. Luego de nuestra cándida y efímera conexión inesperada aquella tarde, decidí abordar el tren de la tarde para Occidente, dirección en mano, mande un anticipado correo y don Efigenio acordó darme el libro y así poder alimentar la esperanza de ayudar a encontrar el sitio donde descansa Marié, la madre de Lluvia y poder reencontrarlas, que su espíritu no continúe errante, pero no sólo eso.

Si todo marcha sobre ruedas como hasta hoy, una vez devuelto el libro, pienso exponerle mis antaños y ocultos sentimientos para con ella. Le pediré su mano…

Pdt: querido diario mañana por fin escribo sobre la página final de este grueso cuaderno, así que debo pasar al almacén de la tercera por uno nuevo, por suerte los botones de las rosas están abiertos al fin.

Tiburcio Sánchez, San Salvador, 01 de marzo, 1938.

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