TAL PARA CUAL

La señorita sostuvo la respiración mientras se disipaba aquella enorme nube de gas negro. Esa nube que dejaba a su paso un viejo autobús que se desvanecía en la lejanía y al que no pudo abordar. Aguardaba en la terminal, en medio de la soledad de la noche por un transporte, que en el fondo sabía que nunca llegaría, pareciendo no importarle la manera en que regresaría hasta su hogar en las afueras de la capital. De pronto se detuvo frente a ella un lujoso vehículo. En su interior vislumbró la figura de un hombre de apariencia mayor, que instantáneamente inspiró profunda confianza en ella, aunque su rostro no le fuera familiar. No tuvo miedo a pesar de que su corazón palpitó como si quisiera saltar de su pecho; fue él quien se le acercó, y con gesto amable le dijo:

— Me imagino vamos por el mismo camino, yo solía abordar en este sitio, pero seguramente, esperas algo o a alguien que me temo no va a pasar, pero puedes venir conmigo si así lo deseas — le dijo, sin presentarse.

Ella, sin mencionar palabra alguna, lo observó meticulosamente de pies a cabeza, y la ojeada le valió para aceptar tan temeraria oferta.

— Me dedico al ramo de la construcción, soy ingeniero civil — Le explicó él, sin duda para tratar de generar confianza a la discreta acompañante─, y hasta hace poco estuve designado para el tramo del nuevo Redondel Masferrer. ¿y tú? 

— Yo solo quiero escapar de mi injusto destino —le dijo en un súbito arranque de sinceridad, esto despertó escalonados recuerdos, conduciéndolo a las reminiscencias de una florida juventud.

—  Cada quien construye su propia cárcel, pero también cada quien puede encontrar la manera de escaparse de la misma, es la misma condición biológica del ser humano el aferrarse a su propia libertad. Le dijo mientras lo observaba por el retrovisor.

— Pero tu no eres un filosofo, un sabio, una adalid, todos escondemos algo en el fondo. Perversiones contra nosotros mismos, calumniamos, difamamos y ofendemos a nuestras anchas a nuestros prójimos, familiares y seres a los que supuestamente “amamos”.

– Aunque no me lo creas estas frente a dios-. Espetó con un susurro cerca de su oido.

La señorita no pudo contenerse y soltó una carcajada. ¿Estoy hablando con un dios? ¿O un pervertido dios que recoge mujeres que se han quedado sin poder abordar el último bus hacía un lugar tan lejano? Me sorprende que no intentaras violarme en el primer desvío que estaba menos oscuro que hacía el que nos dirigimos. Pero que puede importarme lo que me pase a estas alturas del partido. Entonces él le formuló una pregunta tan trascendental como personal:

-¿Acaso eres Clio “La que da la fama”, una de las hijas Mnemósine?

A la señorita no le quedó más que parpadear atónita escuchando aquellas palabras tan extrañas, que se alejaban de su cotidiano vocabulario.

— Yo sólo voy escapando de un matrimonio obligado a punta de pistola, el muchacho con el que estaba viviendo fue demasiado lejos esta vez, intentó quitarme la vida por querer compartirme con quien yo quiera, porque nací libre, de madre libre, de abuela liberal, jamás quise pertenecer a alguien.

— Has hecho algo sumamente malo o cometido algún crimen, ¿verdad?

— ¿Cómo puedes estar seguro?

—  Ya te lo dije en su determinado momento: soy un Dios que ayuda entre los mismos seres humanos, sin pedir diezmos, sin esperar oraciones ni mucho menos que nadie me rinda pleitesía.

— Mientes, lo has notado porque has visto mi pálido semblante, mis temblorosas manos que aun conservan el olor a pólvora, pueden verse con claridad los jirones de sangre en mi blusa—, soy libre y a la vez soy esclava de mi propia cárcel. Como todos los seres humanos somos esclavos de nuestras bajas pasiones, de la mentira y del desamor. Por fin libre de la opresión, aunque esclava de la culpa.

— No pongas cuidado en ello, estaré aquí para protegerte de todo lo que esta por venir. ¿sólo dime lo que hago? ¿Acaso quieres que me escape contigo, que nos vayamos juntos a vivir una excitante aventura por el mundo?

— ¿Quiero saber quién eres en realidad?

— Te lo he dicho todo, un ingeniero excepcional. Mis amistades me conocen como Zeus. Y me lo he tomado muy en serio.

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Guía práctica del estudiante revolucionario postmoderno

No importa cuan graves esten los problemas de salud, educación, seguridad, desempleo e inestabilidad política producto de narco- gobiernos mediocres, pseudo socialistas o aletargados en la utopía democrática. Esos sintómas inequívocos de nefasta desigualdad e imposible reconciliación social, a diario nos recuerdan que estamos en la América Central. En el terreno que insisten llamar “El Salvador”, donde matan por todo y por nada, pese a que muchos estudiantes lamenten no haber nacido en sociedades industrializadas, en todo caso conformese con sobrevivir en Soyapango, las palabrejas “burgués”, “oligarquía”, “dictadura del…”, dejelas que fluyan sin presión; siempre habrá espacios y gente con las que se “adornará” con ellas llegado el respectivo momento.

El Salvador atraviesa nuevas guerras, los homicidios a diario nos lo recuerdan, ellos, por su parte, quieren militares en los alrededores de la Universidad, para que no les roben sus celulares de última generación, ni San Marx lo permita, la Revolución “Hipster” se deberá transmitir en vivo, por ahora hay que alimentarla con  memes simplistas de las p¿Qué raro no les parece? en la que los shows políticos estén a la ordén del día. Concientes o no, para el estudiante revolucionario alpha, camisa del Che Guevara, FPipiLe’S de cora, boina con bandera de Venezuela bordada, erúdito cultivador de la poesía de Galeano, Roque, todas las páginas de “acción poética” y similares, siempre habrá tiempo para ver la última temporada de “Games of Thrones”, “Big bang theory”, “Walking Dead”, o similaresexpresar inconformidades, vengarnos de éste o aquél docente que nos puso las garritas en el suelo aplazándonos más de alguna materia

Paseo eterno por el lago

Era la enésima vez que al calor de la bebida aquél jóven caballero vestido de negro, que usaba un sombrero marca Stetson, color caqui con franja roja, pedía que se repetieran, no importando lo costoso de aquellas reproducciones, los alegres y bailables fox-trots que contenía grabados aquel disco con sonido ortofónico de la Victor Talking Machine -que no duraba más de quince minutos- pero que sin duda, se encontraban muy de moda en la capital.

El disco era reproducido por una vieja vitrola al fondo de la parte construida de una ramada. Unas luces rojas y azules agregaban el tono festivo al ambiente, al cual pertenecía la cervecería “Brisas del Lago”, donde aquellas parejas departian frente a aquel pajarito cantor eléctrico, cuyo sonido gangoso, pedía a gritos se calibrara con urgencia el fuelle que hacía bajar la fina aguja al disco; convocando a una catársis que hacia a las parejas lanzarse al torbellino del baile.

Sentados en una mesa de madera decidieron relajarse tomando Pilsener’s frías, que eran sacadas de aquel refrigerador Kelvinator color azul, después de una bella caminata bajo la luz de luna, misma que con meses de anticipación, figuraba como atracción en los anuncios de los períodicos de la época como: “La caminata de los amantes”. La idea de asistir al evento tenía dos objetivos, primero despabilarlos de la cotidianidad, del ruido del claxón que cada día crece más, lo incomodo de viajar apretados en los tranvías de sangre, etc. Y por último, dicho sea de paso, su itinerario climáx debería ser el paso de las parejas a través de un sendero iluminado por antorchas impregnadas con querosene, alineadas en un largo tramo; iluminando como nunca las arenas de la playa del Lago de Ilopango.

– Estamos aquí para celebrar el progreso de mi persona-, exclamó el jóven, cuya cara no podía ocultar la felicidad que emanaba, ya que, al fin, haría pública la noticia de su futura boda con Irmita, dependienta del cirujano- dentista americano Dr. Juán Gustavo Mathe h.

Esperó ese día con mucho anhelo, había decidido, pese la negatividad de su madre, que era momento de desenterrar del patio aquella módica fortuna que había sido concedida por su abuela Trinidad, antes de ser enviada a una muerte segura a las cárceles municipales, bajo el delito de defraudación al fisco o venta de chicha clandestina. Para nadie era un secreto que se trataba de un negocio familiar y un prestigio que mantener; era tanta la fama de aquel brevaje que se aseguraba había causado la muerte de varios borrachitos consuetudinarios.

– Tengo una importante noticia que compartirles, este sábado veintiseís de septiembre de mil novecientos veintinueve, he sido aceptado como cajero en el Hotel Nuevo Mundo-, les dijo mientras sostenía la mano de su amada y además agregó:

– Padrinos, por fin veo conveniente casarme, debo ganarme dignamente la vida trabajando como Dios manda-. Expresó sabiendo de antemano que tendría su bendición en tan trascendental empresa en la vida del hombre.

La pareja de enamorados se conocieron por casualidad, él recogió su pañuelo del suelo, en la salida del Teatro Nacional. Esa noche sus palcos habían fungido como sala  de cine, proyectando el filme de la Metro- Goldwyng- Mayer estrenada el treinta de marzo de mil novecientos veinticinco, pero que no fue exibida en El Salvador sino cuatro años déspues: “Ben-Hur: a tale of Christ”, protagonizada en su rol estelar por la sensual Patty Bronson y con quien insistiría en comparar constantemente con su prometida, quien lo veía como un bello halago al recordar lo fina y elegante que puede ser una mujer incluso en temas de la ley de Dios.

A pesar de las críticas y miradas y juzgonas de los familiares de la novia, el cura melindroso e indiscreto del lugar y chismosos en general, llevaban seis meses viviendo en un cuarto de mesón, de esos que las autoridades resolvieron rebajar, debido a la expansión acelerada de la periferia de la capital para ese año, pasando a valer diez colones las que antes estaban cotizadas en quince o veinte.

Volviendo al extásis del lago, pasando la medianoche, las parejas rentaron un cayuco y visitaron una isla, muy iluminada por la gente local, de regreso, encontrándose a escasos cuarenta metros de la playa, su prometida queriendo cambiar de lado dentro de la pequeña embarcación, hizo que el cayuco se volteara y lanzó los tripulantes al agua.

La embarcación cayó sobre la humanidad del muchacho partíendole la cabeza y hacíendole perder el conocimiento. Su padrino convino salvar a las mujeres, cansado y todo, como pudo, regresó a la playa para buscar el cuerpo del jóven de apellido Vega, fue en vano, la forma cónica del lago y la densa neblina que cubrió aquel apacible cuerpo de agua imposibilitaron encontrar al muchacho, la busqueda se extendió hasta la mañana siguiente, duró los días y meses que continuaron. Su prometida, nunca abandonó la idea que su amado estuviera con vida. Me lo contó en el año de mil novecientos cincuenta y ocho, cuando se me acercó vendiendo de los pezcaditos recién llevados, con tortilla dentro de una bolsa, con un trozo de limón coronando exquísito manjar, caminaba con ropa de aspecto vieja en las orillas del nuevo y remodelado Turicentro de Apúlo. Al confundirme, se sintió destrozada. Acto seguido se enjugó las lágrimas preguntándome por un muchacho pechito y chelito que viste ropa formal, ella sentía en su corazón que el rencuentro estaba cada día más cerca, según me expresó:

– Él tiene que regresar y reconocerme de inmediato, pese a mis arrugas, soy la más parecida en el mundo a Patty Bronson, yo lo sé…

Así ha de ser

Te ves palido, un poco desmejorado, incluso más delgado. ¿Te sucede algo?

– Estoy escribiendo un libro. Quizás resulte una novela de como escribir una novela.

– ¿Y quién va a ser el protagonista?

– Yo mismo por supuesto.

– A pues, vos vas a hacer a tu protagonista un hombre feliz, como mínimo.

– De hecho lo es, por eso es que sufre.

– ¿Cómo así? No te entiendo.

– Tampoco yo. De seguro escribir un libro es lo más confuso que hay en el mundo.

 

Esas “despedidas”

Eran cuatro, tomaron asiento en una pequeña mesa de color que se encontraba en un rincón, cerca de unos salones de la Avenida Independecia, quizá evitando las miradas de juzgones que viajan en los autobuses que circulan esas calles.

Todos contemplaban una botella aun sin destapar,  que los invitaba a iniciar el deleite. El más ansioso incluso la acariciaba, como queriéndose adelantar a la catarsis que provocaba aquel líquido de tono ambarino; los otros impacientes y sedientos pedían a las muchachas los vasos con hielo.

Estos mismos cuatro habían planeado una despedida fenomenal hacía meses. Era un treinta y uno de diciembre y el sargento les había dado licencia para poder pasar con sus familias, durante muchos años tuvieron turnos difíciles, ¡era hora de mandarlos a descansar!

Todos sabían como resolver en caso de cogerlos la noche en el jolgorio. Dos eran de Soyapango; uno de Apopa, mientras que el otro de Merliot.

Conversaron un rato del año nuevo que se les venía, las exigencias de la Coorporación y cosas del cotidiano en su profesión, por eso planearon escaparse de su rutina con una buena despedida.

A pesar de las muchas insistencias a la dueña del lugar, esta tenía que despachar a los demás clientes que habían llegado antes. Para no amargarse con ella, los festejantes comenzaron a hablar del suceso que había acontecido tres días antes: La balacera en el centro.

– Cuando nos mandaron al Centro hace cuatro meses no me lo pude haber imaginado- dijo el de Merliot.

-Yo solo vi a los babosos correr- espetó uno de los uniformados, y además agregó en voz baja:

– Nosotros solo continuamos el intercambio de disparos por unos minutos.

– A mi por poco me pega un bandido de esos -contaba el de Apopa- como pudimos le hicimos frente, aunque por un momento, cuando aumentaron en número y nos rodearon, el miedo fue apremiante.

– ¡Corazón me trae el hielo…!- gritó furioso uno que solamente escuchaba y que había permanecido expectante de todo lo que acontecía a su alrededor.

– Si amor, ya casi…- Contestaron desde uno de los cuartos de adentro.

Ya para esas horas las explosiones de los cuetes atronaban el lugar, miles de personas regresando como hormigas a sus respectivos hormigueros, con la cena y los estrenos; la parafernalia navideña clásica maquillaba toda la ciudad.

– ¡Saben mejor callense! Agradezcan que estan vivos, ya cambien de cassette.- Agregó uno de Soyapango; espero todos hayan pensado en los regalos también, desviando por completo la nefasta plática.

– ¡Obvio! Yo le llevo a mi madre su Misterio con todo y su pesebre.

– Por cierto- habló el otro de Soyapango- ¿ Ustedes saben porqué el Niño Dios nació en un establo?

– ¡Noooo…!- Respondieron casi sincronizadamente.

– Pues resulta que la Virgén y San José llegaron a Belén, pero como no conocían anduvieron dando vuelta un rato. Al llegar a un lugar se toparon con una multitud que miraba un juego de fútbol: estaban jugando el Fas y el Aguila, equipos famosísimos ya para aquella época.

A María le parecía de lo más aburrido el asunto, consideraba a la gente como una proto cultura transculturizada altamente alienante y agregaba otros cuestionamientos sociológicos interesantes al asunto. Por su parte el Santo estaba encantado y decidió quedarse. A nuestra virgén le tocó tragarse el enojo y disimuló muy bien que él ejercía el poder sobre ella.

En lo mejor del encuentro, Jorge “Mágico” Gónzales barrió con los defensas colocando una diagonal retrasada que impactaría  “la avioneta argentina” Casadey anotando el uno por cero en el encuentro. El público enloqueció y se puso bueno el asunto.

La virgén aburrida pedía a San José que se fueran.

– Tranquila mujer que ya casi empatan- le decía San José.

Transcurrido un rato, que a María le parecío una eternidad, le volvio a insitir:

– ¡Puchica José, ya es tarde hombre!

– Esperate mujer casi empatan…

Luego de otro rato le dijo la virgén:

– José, ya no vamos a encontrar cuarto en ningún mesón…

En medio de la discusión y uno que otro tiro impactado en el travesaño, terminó el partido; el Fas ganó uno a cero. Cuando fueron a buscar cuarto no encontraron, asi que les tocó resguardarse en los portales, que eran los establos.

– Viste que te dije- le reclamó la Santa Madre.

– Hay que dar gracias por todo a Dios, de todos modos que se le va a hacer María…

Fue porque el Aguila no le pudo empatar a Fas que el Niño Dios nació en un pesebre.

– Blasfemo, mejor callate, te vas a ir al infierno- conjuraron casi en coro sus compañeros.

– ¡Pero es cierto! Fijense ustedes en los nacimientos, mini posters, postales y demás. En todas el pequeño niño chelito y colochito sale levantando el dedito, con eso nos recuerda siempre aquel uno a cero.

A los demás no les quedó más que soltar sendas carcajadas.

– ¡Señorita nos vamos…!- se acordaron del bendito hielo.

– Demasiado hombre, ya mucho esperamos…- Dijo uno simulando su retirada.

Acto seguido ven contonear aquellas voluptuosidades de la muchacha acercándose con unos vasos de hielo raspado en la mano.

– ¿No me puso cucharita?- Reclamó el de Merliot.

– Aquí estan amor- le dijo la señorita que le ayudaba.

Los cuatro compañeros se sonrieron y al instante se encontraban saboreando sus ricas minutas con jarabe de piña.

El espejo de Gamero

Lo que aquí se ha de relatar ocurrió un día de tantos, en aquellas épocas de rampante   locura y descomunal violencia cegadora. El paisaje parecía dantesco, como sacado de un horror movie de Hollywood. De repente, a lo lejos, la columna vislumbró una espiral de humo que, voluptuosa, reptaba ascendiendo al despejado cielo anaranjado. Las acciones de la jornada anterior los había dejado exhaustos, se trataba de un grupo pequeño grupo, a pesar de ello decidieron intervenir en el lugar.

Los habitantes del lugar trataron de esconderse hasta en los lugares más inverosímiles. Algunos lo lograron, en la confusión humeante y estrepitosa de las balas, lo que en condiciones normales habría apuntado a ser un acto de magia: traspasar la superficie del espejo de cuerpo entero que estaba adosado en una de las paredes del penumbroso cuarto de baño y conjurar así, por lo menos en la inmediatez del asunto, el peligroso operativo que andaba suelto.

Después de la refriega, se respiraba una atmósfera lúgubre. No parecía que el conflicto haya arrojado vencedores, al menos las pruebas en el perímetro no arrojaban datos exactos. Ni siquiera eran visibles los que pudieron haber puesto resistencia, aunque tampoco se podía observar enemigos caídos, el desolado poblado respiraba excitado por lo que ahí había sucedido, apenas unas horas antes. Cuando la columna se aproximó y fueron reconocidos, la gente comenzó a salir de los escondrijos donde habían permanecido a las esperas de que floreciera un mejor mañana.

A pesar de reconocer a los compañeros de la columna, el miedo les apretaba la cuchilla a la garganta, incluso después de largas horas, permaneciendo impávidos y taciturnos. Se observaban los rostros, se reconocían, se saludaban, unos lloraban la pérdida, otros simplemente agradecían el regalo de la vida que aún conservaban. Esto es normal luego de vivir en carne propia el susurro cariñoso de la benevolente muerte, que hace que convivamos con la angustia y la duda de cuanto más durará…

Se procedió a apagar para después enterrar los cuerpos, que apiñados, todavía ardían entre las zarzas y las veredas. Luego se continuó a bajar los miembros cercenados: manos, pies y troncos con las tripas de fuera. Decenas de ellos habían sido colgados sádicamente con estacas en las paredes de bajareque de las casas del pueblito, ni los cerdos, gallinas y perros habían logrado salir incólumes de semejante muestra de salvajismo por parte de los verdugos. Un detalle que enfriaba hasta la médula -incluso a los sobrevivientes- era el hecho de ver las niñas violadas, ropas rasgadas, con muestras de tortura, sus genitales cubiertos con ceniza para hacer énfasis del lujo de la barbarie, habrían sido unas veinte, todas entre los ocho y doce años.

Luego de salir del asombro y del temor, habiendo enfriado su rabia vengativa, se intentó que todo volviese a la normalidad, por lo menos hasta que se presentara la próxima emergencia, que siempre llegaba en el tiempo menos esperado, con disparos de G-3 o rocketazos de aviación.

Dicha normalidad llegó con una inspección casa por casa, evaluando los catastróficos daños. Cuando los miembros de la columna llegaron a aquélla, se encontraba entrancada y en franco abandono.

— ¡Víboras ahí compas, puede haber alguien atrincherado!

Se inspeccionó meticulosamente la vivienda. Nada fuera de los cánones de la normalidad campirana. Gamero tímidamente exclamó unas sordas palabras que no tuvieron eco en la mayoría de los de la columna.

— ¡Ve!, aquí han dejado un espejo quebrado…

Nadie pareció demostrar interés por aquellas palabras, quizás porque todos se encontraban consternados, él se hizo a un lado sus cacerinas, dispuso su G-3 contra la pared, se agachó frente a los pedazos desordenados y exclamó en tono muy benevolente:

— La mara dice que los espejos quebrados son mala suerte, pero yo creo que es mentira—, y además agregó— Lo que sí sé es que estas babosadas son como nosotros los humanos.

Mientras tanto, todos se disponían a abandonar aquel desolado rincón polvoriento, mientras el comandante daba órdenes:

— ¡Apúrense hombre, no quiero que nos tuerza la noche aquí, esto se está poniendo cada vez más paloma, nos falta un vergo por revisar!

Gamero que se encontraba ya de pie frente a los trozos de espejo no podía caminar, se encontraba helado, como impedido por una fuerza invisible que le impedía moverse. No sabía si sus nervios, sin cristalizar todavía, lo estaban traicionando, pero del espejo parecía escuchar una queja de alguien que agonizaba. Sin pensarlo tomó un trozo de regular tamaño y lo puso en el bolsillo de su jean.

Ese noche el camino hacía el campamento se sintió más largo que de costumbre, un hermoso manto estelar cubría su silenciosa marcha mientras se perdían en los montes que solo ellos conocían. Ya instalados en el improvisado dormitorio bajo el cobijo de un enorme amate, desocupó su chamarra, bolsón y sus bolsillos. El trozo de espejo continuaba ahí, pero ya no parecía simplemente basura de la que hay que deshacerse: era una pieza intacta y vivaracha, que abarcaba toda su mano y resplandecía delicadamente.

A la mañana siguiente, Gamero despertó como nuevo. Para su mayor sorpresa, encontró escrito en un papel cualquiera, que estaba al pie de sus zapatos Converse rojos desvencijados: “Gracias, logré huir. Mi antiguo cuerpo tuvo que quedarse al otro lado del espejo, porque los cuerpos no son capaces de penetrar al mundo de las transparencias inefables. Yo estuve a punto de quedarme en aquella matazón que hicieron los soldados cuando el espejo se desprendió de mis manos y se quebró. Usted me dio de nuevo la oportunidad de una rendija cuando el espejo entró en contactos con sus manos y por el tono que utilizó en su voz. Ahora seré una imagen libre. ¡Gracias, mil gracias!”.

EL 1o DE MAYO EN EL SALVADOR

La masacre de trabajadores anarquistas de Chicago en 1886 fue un símbolo adoptado por el movimiento anarquista y marxista a mundial. Este suceso influyó en la mente de los obreros e intelectuales locales de inicio del siglo XX y comenzó otra etapa dentro del sector artesanal. La primera “celebración” del 1o de mayo se dio en Santa Ana, bastión del anarquismo para la época. Pero no fue hasta 1925 que esta fecha conmemorativa se celebró en San Salvador.
El objetivo de este evento fue dar a conocer el porqué de dicha “fiesta” obrera, a lo que agregaba José Mejía (Dirigente obrero anarcosindicalista, participó en el Primer Congreso Obrero Centroamericano (1911), Miembro delegado ante la C.O.C.A. por La Sociedad El Porvenir. Vinculado al Partido Laborista. Alcalde de San Salvador, 1928; 1929 suplente y en 1930 propietario. Entre sus publicaciones encontramos la influencia anarcosindical del español Anselmo Lorenzo: Entender la sociología como arma de liberación, reflejar la figura de Jesús como revolucionario y la mercantilización de los trabajadores por la burguesía. Exigió reformas al fisco y al monopolio del aguardiente.), intelectual obrero de la Sociedad de Artesanos el Porvenir de Santa Tecla, que en la mentalidad obrera habría que:
“quemar incienso puro para elevarlas en espirales blancas nuestro tributo de cariño y veneración a los mártires de Chicago muertos pérfidamente a nombre de la ley bastardeada (…) por una burguesía codiciosa y de corazón petrificado…”[ Mejía, Diario Latino, 2 de mayo de 1925, “El día obrero.” 4-8].
Más adelante deja ver su vocación internacionalista declarando:
“No hay país civilizado en Europa y América en donde no sea celebrado el 1˚ de mayo por todos los obreros hombres y mujeres. Grandes desfiles, procesiones solemnes, discursos tremendos, paro de trabajo… nada de orgías… eso es el 1˚ de mayo en todo el mundo. Esa es la llamada Fiesta del Trabajo” [ Ibid. 8.].

El objetivo de Mejía es socializar al máximo la carga simbólica de esta conmemoración con todos los obreros organizados para que estos se encarguen de reproducirla, teniendo en cuenta:

“que sepan de fondo conocer la Génesis de esa celebración para que comprendan la verdadera finalidad de la Fiesta del Trabajo, única fecha mundial en la vida de los trabajadores todos del mundo.”[ Ibid.]
Este evidencia muestra que tan pronto el obrerismo dio acogida a esta celebración, teniendo en cuenta que fueron anarquistas los involucrados en dicho proceso, siendo loable y con mayor merito ya que vivían en situaciones más adversas que las de la actualidad y sus asquerosas y pueriles libertades. Con el transcurso del tiempo, luego de colgadas las armas del conflicto armado, esta fecha se ha vuelto parte del interés raquítico de diversos sectores, que salen a manifestarse sin tomar en cuenta la génesis de este suceso y que siguen reproduciendo un sistema arcaico que nos ha demostrado hasta la saciedad su ineficacia.
En honor a los compañeros anarquistas caídos en 1932 y los expulsados y ajusticiados décadas después por el Partido Comunista, y atendiendo especialmente la crítica que hacia José Mejía, cuya nota comenzaba diciendo: “unos obreros” celebraron la fiesta del trabajo, pero un día seremos más. A ellos les decimos ,como herederos de esa infinita libertad que ellos sembraron y de la que hoy gozamos: compañeros, la semilla germinó, no salimos todos a las calles; porque aun no estamos ni estaremos nunca listos, pero a pesar de ello, podéis descansar en paz, seguiremos viviendo en anarquía…

A Sorayda en la inmensidad

Cruzaron sus miradas durante un largo viaje con destino a lo incierto, tal ves a una ciudad tan descomunalmente miserable o infinitamente maravillosa, quien sabe, lo único cierto era la incertidumbre y lo desconocida que aquella ciudad se manifestaba ante sus ojos que atónitos yacían contemplando cada exuberante detalle. Jamás en la vida se habían visto los rostros, pero parecía no importarles, ambos querían comerse el mundo a dentelladas. Ella viajaba con una simpleza que rasgaba el velo de la mediocridad y la monotonía, él con una maleta de sueños rotos y muchas culpas a sus espaldas, ambos parecían escapar de algo absurdo o siniestro. Tal vez los dos buscaban alivio, o simplemente mirar las estrellas tomados de las manos una de esas noches frías de Buenos Aires, o solo quizá convertirse cada uno en el universo del otro. Sólo bastó una palabra para que ella viviera atrapada en su campo semántico. Sorayda lo hipnotizaba con el vaivén de sus delgadas caderas y su característico sentido del humor, con sus sesudas pláticas y esa peculiar y especial manera de desviar las conversaciones a su propia conveniencia. Agitando sus manos al compás de los segundos que se estrellaban a cada momento en su tierna humanidad. Sus miedos, sus sueños, sus esperanzas, pronto pasaron a ser materia de experiencias calladamente compartidas entre ambos. El tiempo fue el encargado de separarlos, pero ninguno pudo sacarse de la mente al otro. Un buen día, ese cruel e ignaro destino, volvería a ponerlos de nuevo al filo de la navaja, los encarriló místicamente de nuevo en sus tortuosos y laberínticos caminos.

ella pronto lo aceptó en su menesterosa vida, lo abrazó y juntos comenzaron a devorar días, semanas y meses. Así si ella hubiera tardado mil años en volver, él la hubiese esperado más. Las llamadas fueron harto frecuentes, salieron a darle la vuelta al rampante mundo juntos, como dos locos enamorados, mientras afuera las tormentas azotaban al resto de los mortales. Todo apuntaba a que pronto estarían juntos, fundidos en uno solo, como una sola alma que errante vaga por los fragosos pasillos con los que esta construida la vida, más sin embargo, no seria así. Mientras las viejas campanas parecían silenciarse, sobre ellos descenderían, galopantes como reminiscencias, los viejos fantasmas de sus pasados ignotos. Él hizo una pregunta, antes de terminar al parecer, con la última conversación que tendrían en la vida:

— ¿Estas segura que no quieres que nos sigamos viendo?

La respuesta fue inusualmente vaga:

— Te extraño y lo haré todos los días…

Él de nuevo emprendió su vieja rutina y apresurándose arrojó el ancla hacía su propia soledad, era un obsesivo compulsivo destructor de esquemas, y entre ellos se incluían las estrictas reglas del amor idealizado, el que no sufre ni aguarda, ese que parece desafiar el mundo de los fenómenos, de lo real y concreto que emanan nuestras mortales existencias.

Estaba bajo la regadera de un chorro impreciso, tratando de borrar de su piel su perfume, que a pesar de haber transcurrido mucho tiempo desde aquella borrosa tarde de abril, éste permanecía incólume impregnado en sus manos, y en su ecléctico y heterodoxo pensamiento. De pronto suena de imprevisto una notificación en su computadora. Salió aun escurriéndose, auxiliado a medias nada más con la toalla de baño. Acudiendo al llamado con exuberante beneplácito y pronta rapidez, sabía que pronto lo buscaría.

— No quiero dejarte…

Así rezaba en la bandeja de entrada el que sería el preámbulo de la cascada de mensajes que habrían de trazar sus vidas, pero era demasiado tarde; el amor es como una bomba de tiempo y no se sabe si terminara por explotarles los sesos a los que lo toman como grito de guerra. Y los miedos hablaron por Soraya quien en silencio permanecía kilómetros lejos frente a una pantalla de celular, él logró escucharlos y les contestó:

— Dile a tus miedos que por fin ganaron la batalla, que me declaro perdedor de alma y de carne, que te pueden dejar en paz y que no insistiré de nuevo.

Súbitamente recordó todas las noches que la había acobijado en su pensamiento y creyó que era momento de dejarla partir. Directo a la inmensidad del misterio de la nada, a esa ciudad que tanto deseaba, con la que tanto soñaba, en la que siempre quiso vivir.

— ¿Te vas a olvidar de mí?— preguntó ella al unisono mientras la tierra no dejaba de convulsionarse de su eterno letargo y la lluvia no paraba de caer.

— Jamás. — Contestó él.

Ya que en el fondo sabía que Sorayda siempre iba a florecer en sus interminables pensamientos, en sus canciones, en sus deleites. Ella se había ido ya, él se encontraba feliz de regresar a la ciudad donde imperaba su más grande logro: ” La ciudad de su intrínseco misterio, llamada como el mismo”.

San Salvador 12 de abril de 2017.