TAL PARA CUAL

La señorita sostuvo la respiración mientras se disipaba aquella enorme nube de gas negro. Esa nube que dejaba a su paso un viejo autobús que se desvanecía en la lejanía y al que no pudo abordar. Mientras ella aguardaba en la terminal, en medio de la soledad de la noche por un transporte, que en el fondo sabía nunca llegaría, pareciendo no importarle que no encontraría como regresar hasta su hogar en las afueras de la capital, cuando de pronto se detuvo frente a ella un lujoso vehículo. En su interior vislumbró un hombre de apariencia mayor, que instantáneamente inspiró profunda confianza en ella, aunque su rostro no le fuera familiar. No tuvo miedo a pesar de que su corazón palpitó rápidamente; fue él quien se le acercó, y con gesto amable le dijo:

— Me imagino vamos por el mismo camino, yo solía abordar en este sitio, pero seguramente, esperas algo o alguien que me temo no va a pasar, pero puedes venir conmigo si así lo deseas — le dijo, sin presentarse.

Ella, sin mencionar palabra alguna, lo observó meticulosamente de pies a cabeza, y la ojeada le valió para aceptar tan temeraria oferta.

— Me dedico al ramo de la construcción, soy ingeniero civil — Le explicó él, sin duda para generar confianza a la discreta acompañante─, y hasta hace poco estuve designado para el tramo del nuevo Redondel Masferrer. ¿y tú? 

— Yo solo quiero escapar de mi injusto destino —le dijo en un súbito arranque de sinceridad, esto despertó escalonados recuerdos, conduciéndolo a las reminiscencias de una florida juventud.

—  Cada quien construye su propia cárcel, pero también cada quien puede encontrar la manera de escaparse de la misma, es la misma condición biológica del ser humano el aferrarse a su propia libertad. Le dijo mientras ella lo observaba por el retrovisor.

— Pero tu no eres un filosofo, un sabio, una atalaya, todos escondemos algo en el fondo. Perversiones contra nosotros mismos, calumniamos, difamamos y ofendemos a nuestras anchas a nuestros prójimos, familiares y seres a los que supuestamente “amamos”.

— Aunque no me lo creas estas frente a dios.

La señorita no pudo contenerse y soltó una carcajada. ¿Estoy hablando con un dios? ¿O un pervertido dios que recoge mujeres que se han quedado sin poder abordar el último bus hacia un lugar tan lejano? Me sorprende que no intentaras violarme en el primer desvío que estaba menos oscuro que hacía el que nos dirigimos. Pero que puede importarme lo que me pase a estas alturas del partido. Entonces él le formuló una pregunta tan trascendental como personal:

¿Acaso eres Clio “La que da la fama”, una de las hijas Mnemósine?

A la señorita no le quedó más que parpadear atónita escuchando aquellas palabras tan extrañas, que se alejaban de su cotidiano vocabulario.

— Yo sólo voy escapando de un matrimonio obligado a punta de pistola, el muchacho con el que estaba viviendo fue demasiado lejos esta vez, intentó quitarme la vida por querer compartirme con quien yo quiera, porque nací libre, de madre libre, de abuela liberal, jamás quise pertenecer a alguien.

— Has hecho algo sumamente malo o cometido algún crimen, ¿verdad?

— ¿Cómo puedes estar seguro?

—  Ya te lo dije en su determinado momento: soy un dios que ayuda entre los mismos seres humanos, sin pedir diezmos, sin esperar oraciones ni mucho menos que nadie me rinda pleitesía.

— Mientes, lo has notado porque has visto mi pálido semblante, mis temblorosas manos que aun conservan el olor a pólvora, pueden verse con claridad los jirones de sangre en mi blusa—, soy libre y a la vez soy esclava de mi propia cárcel. Como todos los seres humanos somos esclavos de nuestras bajas pasiones, de la mentira y del desamor. Por fin libre de la opresión, aunque esclava de la culpa.

— No pongas cuidado en ello, estaré aquí para protegerte de todo lo que esta por venir. ¿sólo dime lo que hago? ¿Acaso quieres que me escape contigo, que nos vayamos juntos a vivir una excitante aventura por el mundo?

— ¿Quiero saber quién eres en realidad?

— Te lo he dicho todo, un ingeniero excepcional. Mis amistades me conocen como Zeus. Y me lo he tomado muy en serio.

Así ha de ser

Te ves palido, un poco desmejorado, incluso más delgado. ¿Te sucede algo?

– Estoy escribiendo un libro. Quizás resulte una novela de como escribir una novela.

– ¿Y quién va a ser el protagonista?

– Yo mismo por supuesto.

– A pues, vos vas a hacer a tu protagonista un hombre feliz, como mínimo.

– De hecho lo es, por eso es que sufre.

– ¿Cómo así? No te entiendo.

– Tampoco yo. De seguro escribir un libro es lo más confuso que hay en el mundo.

 

Esas “despedidas”

Eran cuatro, tomaron asiento en una pequeña mesa de color que se encontraba en un rincón, cerca de unos salones de la Avenida Independecia, quizá evitando las miradas de juzgones que viajan en los autobuses que circulan esas calles.

Todos contemplaban una botella aun sin destapar,  que los invitaba a iniciar el deleite. El más ansioso incluso la acariciaba, como queriéndose adelantar a la catarsis que provocaba aquel líquido de tono ambarino; los otros impacientes y sedientos pedían a las muchachas los vasos con hielo.

Estos mismos cuatro habían planeado una despedida fenomenal hacía meses. Era un treinta y uno de diciembre y el sargento les había dado licencia para poder pasar con sus familias, durante muchos años tuvieron turnos difíciles, ¡era hora de mandarlos a descansar!

Todos sabían como resolver en caso de cogerlos la noche en el jolgorio. Dos eran de Soyapango; uno de Apopa, mientras que el otro de Merliot.

Conversaron un rato del año nuevo que se les venía, las exigencias de la Coorporación y cosas del cotidiano en su profesión, por eso planearon escaparse de su rutina con una buena despedida.

A pesar de las muchas insistencias a la dueña del lugar, esta tenía que despachar a los demás clientes que habían llegado antes. Para no amargarse con ella, los festejantes comenzaron a hablar del suceso que había acontecido tres días antes: La balacera en el centro.

– Cuando nos mandaron al Centro hace cuatro meses no me lo pude haber imaginado- dijo el de Merliot.

-Yo solo vi a los babosos correr- espetó uno de los uniformados, y además agregó en voz baja:

– Nosotros solo continuamos el intercambio de disparos por unos minutos.

– A mi por poco me pega un bandido de esos -contaba el de Apopa- como pudimos le hicimos frente, aunque por un momento, cuando aumentaron en número y nos rodearon, el miedo fue apremiante.

– ¡Corazón me trae el hielo…!- gritó furioso uno que solamente escuchaba y que había permanecido expectante de todo lo que acontecía a su alrededor.

– Si amor, ya casi…- Contestaron desde uno de los cuartos de adentro.

Ya para esas horas las explosiones de los cuetes atronaban el lugar, miles de personas regresando como hormigas a sus respectivos hormigueros, con la cena y los estrenos; la parafernalia navideña clásica maquillaba toda la ciudad.

– ¡Saben mejor callense! Agradezcan que estan vivos, ya cambien de cassette.- Agregó uno de Soyapango; espero todos hayan pensado en los regalos también, desviando por completo la nefasta plática.

– ¡Obvio! Yo le llevo a mi madre su Misterio con todo y su pesebre.

– Por cierto- habló el otro de Soyapango- ¿ Ustedes saben porqué el Niño Dios nació en un establo?

– ¡Noooo…!- Respondieron casi sincronizadamente.

– Pues resulta que la Virgén y San José llegaron a Belén, pero como no conocían anduvieron dando vuelta un rato. Al llegar a un lugar se toparon con una multitud que miraba un juego de fútbol: estaban jugando el Fas y el Aguila, equipos famosísimos ya para aquella época.

A María le parecía de lo más aburrido el asunto, consideraba a la gente como una proto cultura transculturizada altamente alienante y agregaba otros cuestionamientos sociológicos interesantes al asunto. Por su parte el Santo estaba encantado y decidió quedarse. A nuestra virgén le tocó tragarse el enojo y disimuló muy bien que él ejercía el poder sobre ella.

En lo mejor del encuentro, Jorge “Mágico” Gónzales barrió con los defensas colocando una diagonal retrasada que impactaría  “la avioneta argentina” Casadey anotando el uno por cero en el encuentro. El público enloqueció y se puso bueno el asunto.

La virgén aburrida pedía a San José que se fueran.

– Tranquila mujer que ya casi empatan- le decía San José.

Transcurrido un rato, que a María le parecío una eternidad, le volvio a insitir:

– ¡Puchica José, ya es tarde hombre!

– Esperate mujer casi empatan…

Luego de otro rato le dijo la virgén:

– José, ya no vamos a encontrar cuarto en ningún mesón…

En medio de la discusión y uno que otro tiro impactado en el travesaño, terminó el partido; el Fas ganó uno a cero. Cuando fueron a buscar cuarto no encontraron, asi que les tocó resguardarse en los portales, que eran los establos.

– Viste que te dije- le reclamó la Santa Madre.

– Hay que dar gracias por todo a Dios, de todos modos que se le va a hacer María…

Fue porque el Aguila no le pudo empatar a Fas que el Niño Dios nació en un pesebre.

– Blasfemo, mejor callate, te vas a ir al infierno- conjuraron casi en coro sus compañeros.

– ¡Pero es cierto! Fijense ustedes en los nacimientos, mini posters, postales y demás. En todas el pequeño niño chelito y colochito sale levantando el dedito, con eso nos recuerda siempre aquel uno a cero.

A los demás no les quedó más que soltar sendas carcajadas.

– ¡Señorita nos vamos…!- se acordaron del bendito hielo.

– Demasiado hombre, ya mucho esperamos…- Dijo uno simulando su retirada.

Acto seguido ven contonear aquellas voluptuosidades de la muchacha acercándose con unos vasos de hielo raspado en la mano.

– ¿No me puso cucharita?- Reclamó el de Merliot.

– Aquí estan amor- le dijo la señorita que le ayudaba.

Los cuatro compañeros se sonrieron y al instante se encontraban saboreando sus ricas minutas con jarabe de piña.

El espejo de Gamero

Lo que aquí se ha de relatar ocurrió un día de tantos, en aquellas épocas de rampante   locura y descomunal violencia cegadora. El paisaje parecía dantesco, como sacado de una película de terror de Hollywood. De repente, a lo lejos, la columna vislumbró una espiral de humo que voluptuosa reptaba ascendiendo al despejado cielo anaranjado. Las acciones de la jornada anterior los había dejado exhaustos, se trataba de un grupo pequeño grupo, a pesar de ello decidieron intervenir en el lugar.

Los habitantes del lugar trataron de esconderse hasta en los lugares mas inverosímiles. Algunos lo lograron, en la confusión humeante y estridente de las balas, lo que en condiciones normales habría apuntado a ser un acto de magia: traspasar la superficie del espejo de cuerpo entero que estaba adosado en una de las paredes del penumbroso cuarto de baño y conjurar así, por lo menos en la inmediatez del asunto, el peligroso operativo que andaba suelto.

Después de la refriega, se respiraba una atmósfera lúgubre. No parecía que el conflicto haya arrojado vencedores, al menos las pruebas en el perímetro no arrojaban datos exactos. Ni siquiera eran visibles los que pudieron haber puesto resistencia, aunque tampoco se podía observar enemigos caídos, el desolado poblado respiraba excitado por lo que ahí había sucedido, apenas unas horas antes. Cuando la columna se aproximó y fueron reconocidos, la gente comenzó a salir de los escondrijos donde habían permanecido a las esperas de que floreciera un mejor mañana. A pesar de reconocer a los compañeros de la columna, el miedo les apretaba la cuchilla a la garganta, incluso después de largas horas, permaneciendo impávidos y taciturnos. Se observaban los rostros, se reconocían, se saludaban, unos lloraban la pérdida, otros simplemente agradecían el regalo de la vida que aún conservaban. Esto es normal luego de vivir en carne propia el susurro cariñoso de la benevolente muerte, que hace que convivamos con la angustia y la duda de cuanto más durará.

Se procedió a apagar para después enterrar los cuerpos, que apiñados, todavía ardían entre las zarzas y las veredas. Luego se continuó a bajar los miembros cercenados: manos, pies y troncos con las tripas de fuera. Decenas de ellos habían sido colgados sádicamente con estacas en las paredes de bajareque de las casas del pueblito, ni los cerdos, gallinas y perros habían logrado salir incólumes de semejante muestra de salvajismo por parte de los verdugos. Un detalle que enfriaba hasta la médula a toda la columna -incluso a los sobrevivientes- era el hecho de ver las niñas violadas, su ropita rasgada, con muestras de tortura, sus genitales cubiertos de ceniza para hacer énfasis del lujo de la barbarie, habrían sido unas veinte, todas entre los ocho y doce años.

Luego de salir del asombro y del temor, habiendo enfriado su rabia vengativa, se intentó que todo volviese a la normalidad, por lo menos hasta que se presentara la próxima emergencia, que siempre llegaba en el tiempo menos esperado, con disparos de G-3 o rocketazos de aviación.

Dicha normalidad llegó con una inspección casa por casa, evaluando los catastróficos daños. Cuando los miembros de la columna llegaron a aquélla, se encontraba entrancada y en franco abandono.

— ¡Víboras ahí compas, puede haber alguien atrincherado!

Se inspeccionó meticulosamente la vivienda. Nada fuera de los cánones de la normalidad campirana. Gamero tímidamente exclamó unas sordas palabras que no tuvieron eco en la mayoría de los de la columna.

— ¡Ve!, aquí han dejado un espejo quebrado…

Nadie pareció demostrar interés por aquellas palabras, quizás porque todos se encontraban consternados, él se hizo a un lado sus cacerinas, dispuso su G-3 contra la pared, se agachó frente a los pedazos desordenados y exclamó en tono muy benevolente:

— La mara dice que los espejos quebrados son mala suerte, pero yo creo que es mentira. Lo que si sé es que estas babosadas son como nosotros los humanos.

Mientras tanto, todos se disponían a abandonar aquel lar, mientras el comandante daba ordenes:

— ¡Apúrense hombre, no quiero que nos tuerza la noche aquí, esto se esta poniendo cada vez más paloma, nos falta un vergo por revisar!

Gamero que se encontraba ya de pie frente a los trozos de espejo no podía caminar, se encontraba helado, como impedido por una fuerza invisible que le impedía moverse. No sabía si sus nervios, sin cristalizar todavía, lo estaban traicionando, pero del espejo parecía escuchar una queja de alguien que agonizaba. Sin pensarlo tomó un trozo de regular tamaño y lo puso en el bolsillo de su jeans.

Ese noche el camino hacía el campamento se sintió mas largo que de costumbre, un hermoso manto estelar cubría su silenciosa marcha mientras se perdían en los montes que solo ellos conocían. Ya instalados en el improvisado dormitorio bajo el cobijo de un enorme amate, desocupó su chamarra, bolsón y sus bolsillos. El trozo de espejo continuaba ahí, pero ya no parecía simplemente basura de la que hay que deshacerse: era una pieza intacta y vivaracha, que abarcaba toda su mano y resplandecía delicadamente.

A la mañana siguiente, Gamero despertó como nuevo. Para su mayor sorpresa, encontró escrito en un papel cualquiera, que estaba al pie de sus zapatos Converse rojos desvencijados: “Gracias, logré huir. Mi antiguo cuerpo tuvo que quedarse al otro lado del espejo, por que los cuerpos no son capaces de penetrar al mundo de las transparencias inefables. Yo estuve a punto de quedarme en aquella matazón que hicieron los soldados cuando el espejo se desprendió de mis manos y se quebró. Usted me dio de nuevo la oportunidad de una rendija cuando el espejo entró en contactos con sus manos y por el tono que utilizó en su voz. Ahora seré una imagen libre. ¡Gracias, mil gracias!”.

EL 1o DE MAYO EN EL SALVADOR

La masacre de trabajadores anarquistas de Chicago en 1886 fue un símbolo adoptado por el movimiento anarquista y marxista a mundial. Este suceso influyó en la mente de los obreros e intelectuales locales de inicio del siglo XX y comenzó otra etapa dentro del sector artesanal. La primera “celebración” del 1o de mayo se dio en Santa Ana, bastión del anarquismo para la época. Pero no fue hasta 1925 que esta fecha conmemorativa se celebró en San Salvador.
El objetivo de este evento fue dar a conocer el porqué de dicha “fiesta” obrera, a lo que agregaba José Mejía (Dirigente obrero anarcosindicalista, participó en el Primer Congreso Obrero Centroamericano (1911), Miembro delegado ante la C.O.C.A. por La Sociedad El Porvenir. Vinculado al Partido Laborista. Alcalde de San Salvador, 1928; 1929 suplente y en 1930 propietario. Entre sus publicaciones encontramos la influencia anarcosindical del español Anselmo Lorenzo: Entender la sociología como arma de liberación, reflejar la figura de Jesús como revolucionario y la mercantilización de los trabajadores por la burguesía. Exigió reformas al fisco y al monopolio del aguardiente.), intelectual obrero de la Sociedad de Artesanos el Porvenir de Santa Tecla, que en la mentalidad obrera habría que:
“quemar incienso puro para elevarlas en espirales blancas nuestro tributo de cariño y veneración a los mártires de Chicago muertos pérfidamente a nombre de la ley bastardeada (…) por una burguesía codiciosa y de corazón petrificado…”[ Mejía, Diario Latino, 2 de mayo de 1925, “El día obrero.” 4-8].
Más adelante deja ver su vocación internacionalista declarando:
“No hay país civilizado en Europa y América en donde no sea celebrado el 1˚ de mayo por todos los obreros hombres y mujeres. Grandes desfiles, procesiones solemnes, discursos tremendos, paro de trabajo… nada de orgías… eso es el 1˚ de mayo en todo el mundo. Esa es la llamada Fiesta del Trabajo” [ Ibid. 8.].

El objetivo de Mejía es socializar al máximo la carga simbólica de esta conmemoración con todos los obreros organizados para que estos se encarguen de reproducirla, teniendo en cuenta:

“que sepan de fondo conocer la Génesis de esa celebración para que comprendan la verdadera finalidad de la Fiesta del Trabajo, única fecha mundial en la vida de los trabajadores todos del mundo.”[ Ibid.]
Este evidencia muestra que tan pronto el obrerismo dio acogida a esta celebración, teniendo en cuenta que fueron anarquistas los involucrados en dicho proceso, siendo loable y con mayor merito ya que vivían en situaciones más adversas que las de la actualidad y sus asquerosas y pueriles libertades. Con el transcurso del tiempo, luego de colgadas las armas del conflicto armado, esta fecha se ha vuelto parte del interés raquítico de diversos sectores, que salen a manifestarse sin tomar en cuenta la génesis de este suceso y que siguen reproduciendo un sistema arcaico que nos ha demostrado hasta la saciedad su ineficacia.
En honor a los compañeros anarquistas caídos en 1932 y los expulsados y ajusticiados décadas después por el Partido Comunista, y atendiendo especialmente la crítica que hacia José Mejía, cuya nota comenzaba diciendo: “unos obreros” celebraron la fiesta del trabajo, pero un día seremos más. A ellos les decimos ,como herederos de esa infinita libertad que ellos sembraron y de la que hoy gozamos: compañeros, la semilla germinó, no salimos todos a las calles; porque aun no estamos ni estaremos nunca listos, pero a pesar de ello, podéis descansar en paz, seguiremos viviendo en anarquía…

A Sorayda en la inmensidad

Cruzaron sus miradas durante un largo viaje con destino a lo incierto, tal ves a una ciudad tan descomunalmente miserable o infinitamente maravillosa, quien sabe, lo único cierto era la incertidumbre y lo desconocida que aquella ciudad se manifestaba ante sus ojos que atónitos yacían contemplando cada exuberante detalle. Jamás en la vida se habían visto los rostros, pero parecía no importarles, ambos querían comerse el mundo a dentelladas. Ella viajaba con una simpleza que rasgaba el velo de la mediocridad y la monotonía, él con una maleta de sueños rotos y muchas culpas a sus espaldas, ambos parecían escapar de algo absurdo o siniestro. Tal vez los dos buscaban alivio, o simplemente mirar las estrellas tomados de las manos una de esas noches frías de Buenos Aires, o solo quizá convertirse cada uno en el universo del otro. Sólo bastó una palabra para que ella viviera atrapada en su campo semántico. Sorayda lo hipnotizaba con el vaivén de sus delgadas caderas y su característico sentido del humor, con sus sesudas pláticas y esa peculiar y especial manera de desviar las conversaciones a su propia conveniencia. Agitando sus manos al compás de los segundos que se estrellaban a cada momento en su tierna humanidad. Sus miedos, sus sueños, sus esperanzas, pronto pasaron a ser materia de experiencias calladamente compartidas entre ambos. El tiempo fue el encargado de separarlos, pero ninguno pudo sacarse de la mente al otro. Un buen día, ese cruel e ignaro destino, volvería a ponerlos de nuevo al filo de la navaja, los encarriló místicamente de nuevo en sus tortuosos y laberínticos caminos.

ella pronto lo aceptó en su menesterosa vida, lo abrazó y juntos comenzaron a devorar días, semanas y meses. Así si ella hubiera tardado mil años en volver, él la hubiese esperado más. Las llamadas fueron harto frecuentes, salieron a darle la vuelta al rampante mundo juntos, como dos locos enamorados, mientras afuera las tormentas azotaban al resto de los mortales. Todo apuntaba a que pronto estarían juntos, fundidos en uno solo, como una sola alma que errante vaga por los fragosos pasillos con los que esta construida la vida, más sin embargo, no seria así. Mientras las viejas campanas parecían silenciarse, sobre ellos descenderían, galopantes como reminiscencias, los viejos fantasmas de sus pasados ignotos. Él hizo una pregunta, antes de terminar al parecer, con la última conversación que tendrían en la vida:

— ¿Estas segura que no quieres que nos sigamos viendo?

La respuesta fue inusualmente vaga:

— Te extraño y lo haré todos los días…

Él de nuevo emprendió su vieja rutina y apresurándose arrojó el ancla hacía su propia soledad, era un obsesivo compulsivo destructor de esquemas, y entre ellos se incluían las estrictas reglas del amor idealizado, el que no sufre ni aguarda, ese que parece desafiar el mundo de los fenómenos, de lo real y concreto que emanan nuestras mortales existencias.

Estaba bajo la regadera de un chorro impreciso, tratando de borrar de su piel su perfume, que a pesar de haber transcurrido mucho tiempo desde aquella borrosa tarde de abril, éste permanecía incólume impregnado en sus manos, y en su ecléctico y heterodoxo pensamiento. De pronto suena de imprevisto una notificación en su computadora. Salió aun escurriéndose, auxiliado a medias nada más con la toalla de baño. Acudiendo al llamado con exuberante beneplácito y pronta rapidez, sabía que pronto lo buscaría.

— No quiero dejarte…

Así rezaba en la bandeja de entrada el que sería el preámbulo de la cascada de mensajes que habrían de trazar sus vidas, pero era demasiado tarde; el amor es como una bomba de tiempo y no se sabe si terminara por explotarles los sesos a los que lo toman como grito de guerra. Y los miedos hablaron por Soraya quien en silencio permanecía kilómetros lejos frente a una pantalla de celular, él logró escucharlos y les contestó:

— Dile a tus miedos que por fin ganaron la batalla, que me declaro perdedor de alma y de carne, que te pueden dejar en paz y que no insistiré de nuevo.

Súbitamente recordó todas las noches que la había acobijado en su pensamiento y creyó que era momento de dejarla partir. Directo a la inmensidad del misterio de la nada, a esa ciudad que tanto deseaba, con la que tanto soñaba, en la que siempre quiso vivir.

— ¿Te vas a olvidar de mí?— preguntó ella al unisono mientras la tierra no dejaba de convulsionarse de su eterno letargo y la lluvia no paraba de caer.

— Jamás. — Contestó él.

Ya que en el fondo sabía que Sorayda siempre iba a florecer en sus interminables pensamientos, en sus canciones, en sus deleites. Ella se había ido ya, él se encontraba feliz de regresar a la ciudad donde imperaba su más grande logro: ” La ciudad de su intrínseco misterio, llamada como el mismo”.

San Salvador 12 de abril de 2017.

Aviones

Gente de toda clase social se había dado cita en una improvisada pista de aterrizaje, cerca del desvío al lago de Ilopango, la tarde del viernes 6 de marzo de 1925. El sol todavía era muy fuerte y pegaba directamente en sus rostros, pero parecía no importarles. Tal era su interes por presenciar el evento inaugural de una serie de espectáculos aéreos acontecidos cerca de la capital, que llegaban en vehículos, camionetas y también a pie; para ellos dicho evento se presentaba como algo exótico en estas tierras de perenne paisaje reptado por cerros y volcanes.

Un coctel se había servido en una ramada al lado de la pista y en las mesas había profesores, artesanos, comerciantes y políticos. Aunque además asistió gentuza  curiosa  de los cantones circundantes y un gran número de habitantes de los mugrosos mesones de la capital. La algarabía fue puesta por la Banda de los Supremos Poderes con sus interpretaciones de Fox-Trots, tangos y pasos dobles. Mientras los más chicos jugaban pateando una pelota de trapo alrededor de los presentes, creando una sublime atmósfera de camaradería al encuentro que se convertiría en el evento más rocambolesco de ese año.

Como era costumbre en los eventos de alta clase social asistió el médico cirujano Prudencio Pecorini, de cuarenta y cinco años de edad, divorciado de su tercera esposa, tupido bigote y ojos saltones. Su egregio vozarrón no era recíproco con su exigua estatura. Sin embargo para nadie era un secreto esa costumbre suya por derrochar en profanos placeres la fortuna que por años había logrado amasar en su visitado consultorio del Centro, ubicado en la segunda calle poniente No 123, contiguo a la peletería del famoso “Mennoti”.

Su mayor interes en la vida fueron siempre las mujeres, las cuales para él resultaban una suerte de vicio incluso más adictivo que los juegos de azar que gustaba departir con sus allegados: poker, lotería de cartón, los chivos, los gallos. Toda oportunidad para él se convertía en una forma de ganar dinero, incluso apostando desde bien temprano en las carreras de caballos los domingos en el Campo Marte. Además de ser un pícaro de primera siempre recurría a su astucia para obtener lo que quería, dejando para el juicio de crédulos y escépticos su caprichosa moral al beneficio de la duda. Entre los desbordados rumores de los presentes y las miradas de reproche se podían enumerar abortos forzados, infidelidades, deudas remisas, desfalcos, estelionatos y evasión de impuestos. Durante esos años Prudencio aun conservaba su frondosa salud, saludando como siempre calando su sombrero Stetson. Agitando su mano mostraba con su mistíco ademan,  sus extraños y alargados dedos, de los cuales relucían brillantes anillos de oro y plata, la mayoría producto de la usura a la que también se dedicaba.

Llegó acompañado por su joven y bella amante Tina Meléndez, de quien me referiré en su determinado momento. Ella se mostraba tranquila y fascinada por los aviones. Era la primera vez que presenciaba algo similar.

Ya mientras tanto al otro lado de la ramada, sentado sobre un taburete, apresuradamente Gabriel Romero ensambla las piezas del trípode de su cámara de larga exposición Göetze. Él es un muchacho de 27 años de edad, de oficio periodista y en tal calidad, redactor de noticias de gente y sociedad del Diario Latino e intimo amigo de su director Luis Pinto.

Al escucharse las primeras detonaciones de una fila de barriles que estaban al centro de la pista, la gente comenzó saltar inquieta de sus cómodos puestos, de pronto de tres direcciones distintas aparecieron aquellos pequeños  puntos relucientes, que con el correr de los segundos se hacían más grandes cuando avanzaban en dirección al lugar del espectáculo. Chicos y grandes contemplaban absortos girando sus cabezas de un lado a otro en dirección al cielo, mientras la tarde se había dado el lujo de quedarse sin su arrebol, y era súbitamente interrumpida de su místico silencio del trópico por el atronador ruido de los enormes motores de aquellos aviones surcando el cielo.

Una vez realizadas unas cuantas piruetas a prudente distancia, se procedió a las más hozadas y peligrosas: para ello, los pilotos sobrevolaron tan cerca del suelo que la gente hubo de salir corriendo espantada, causando caos y atropellados en aquella confusa infantil tropelía creyendo una colisión inminente contra su humanidad. Restablecidos de la confusión y el desparpajo todos reían, vitoreaban y con fragosas hurras y aplausos rendían admiración avistando perplejos aquellas singulares proezas ejecutadas por parte de los pilotos estadunidenses, una algarabía de manos estrechadas y abrazos irradió aquella tarde. Fue justo en ese momento –que por suerte o desgracia- cuando cruzaron miradas Gabriel y la señorita Menéndez, fue un amor a primera vista. Después de ese momento fue imposible contenerlas, lo que levantó sospechas del curioso Doctor.

Tina era su secretaria. Prudencio con dotes de Don Juan había logrado conquistarla en el café “Mundo Latino” del centro, al que ella asistía regularmente con sus amigas luego de sus clases de economía familiar en el instituto de señoritas. Él continuamente la invitaba a dar paseos en su Chrysler Impala modelo blanco y negro de 1922, a lo que a la larga terminó accediendo la airosa mengalita. Era una muchacha de cautivadores ojos marrones, seductor corte al ras de la nuca, con raya a un lado y flequillo teñido de rubio estilo garçon, moda muy difundida entre las muchachas de la capital, que pavoneándose entre risas y con su eterno afán de meterse en muchos y variados tópicos, llenaban las plazas y avenidas de la capital. Luciendo las más atrevidas, como era el caso de Tina, ajustados vestidos cortos, de vistosos colores: amarillos, grises y lilas. Tricornios y sombreros de ala ancha de terciopelo con tocados de plumas y torogoces disecados, imitando el glamur de las grandes actrices de los filmes de Hollywood y la Metro Golding Mayer; desafiando el sumiso y vulnerable gusto por la belle Époque de sus madres.

¿A usted le gusta apostar? ― Preguntó Prudencio al joven Gabriel que impávido no disimulaba el interés por Tina. Hermosa y sensual luciendo un escotado traje ceñido, pero ligero, arriba de las rodillas y de un penetrante tono bicolor rojinegro.

¡Jamás me ha gustado Doctor! ― aseveró el joven. Mientras Prudencio, parado a un lado del refrigerador marca Kelvinator, que funciona con quemadores querosene, lo observaba entrecerrando sus ojos debido al humo del cigarrillo Samsun que pende de sus labios, mientras destapaba una cerveza marca Pilsener, apodada cariñosamente por sus parroquianos como los “miados” de los Meza-Ayau, para ofrecérsela a Gabriel.

Muchas gracias señor, me encuentro trabajando y no es posible que pueda aceptarla ― Dijo con vos entrecortada el muchacho. En voz baja el médico hizo una propuesta tentadora a Gabriel –mucho más aventajado en el mundo que él- que le fue del todo imposible resistirse. Acordaron sentarse en una mesa al fondo, luego de tantas insistencias el muchacho dispuso a tomarse unas cuantas cervezas. Eran como las diez y media de la noche, una sinfonía nocturnal de chicharras y una vieja vitrola castigaban el silencio de la noche iluminada por la luna llena. La bendición de Dionisio había descendido entre las gentes que aún permanecían ingiriendo bebidas, yendo en contra de la ordenanza municipal, dado el hecho de que la policía se encontraba participando del ambiente festivo.

De pronto un ensordecedor golpe de manos  al centro de la solitaria mesa hacia volar los naipes, billetes y monedas de plata por los aires. Eran Prudencio y Gabriel que disputaban una partida de póker en la cual, sin ápice de duda, el médico cirujano estaba siendo desbancado por el muchacho. El periodista era un estuche de monerías y creía conocer la forma de poder conquistar a la mujer que él consideraba estaba –y con justa razón- desperdiciando su vida con ese estropajo de tipejo, tan criticado por toda la sociedad. Esto debió ser planificado con anticipación por Gabriel, era demasido tarde para contener los rumores de sus citas con Tina mientras el galeno abandonaba su residencia.

A esas alturas de la partida su mayor tino fue conservar hasta el último momento en sumo secreto su anterior profesión como croupier en el famoso casino y cabaret Imperium que estaba ubicado en el centro de Texas. Éste se habría quedado a vivir hacia tres años en ese lugar, luego de asistir a un Congreso Internacional de periodistas celebrado en la calurosa ciudad de San Antonio, alquiló una pieza y decidió probar suerte en su profesión y mal logró muchos meses en busca de trabajo sin encontrar resultados favorables. Durante su estancia en el norte Gabriel siempre opinó que si los veranos eran terribles, los inviernos en aquel lugar desértico eran sin duda más duros, todo esto mientras recién se empezaban a construir los acueductos subterráneos que abastecerían a la ciudad. Su suerte comenzó a cambiar cuando encontró ese trabajo tan inusual e inesperado.

Volviendo al asunto que nos compete en los hechos que se dieron en la ramada, esa noche tras una no tan amena conversación después de tomar más Pilseners de las debidas, Gabriel se percató del vicio de Pecorini y se apresuró a tomar ventaja. Fingió ser un neófito y torpe con las cartas, fingió cada jugada y perdió a su antojo hasta tenerlo pronto convencido de su superioridad en las cartas, y por supuesto, en los coqueteos con la siempre sonriente diosa de la fortuna, que en esa ocasión iba a conspirar en contra del impío y corrupto galeno.

En pocas horas había perdido todo lo que traía consigo, sus joyas y alajas, su vehículo e incluso las escrituras de sus fincas de café en San Sebastián Salitrillo y sus residencias dentro y fuera de San Salvador. Full tras full había perdido algo, por lo que inmediata e inútilmente intentaba recuperar apostando algo de valor mayor o equivalente. Viéndose sin nada más para apostar, le dijo con vos temerosa y recortada: te apuesto todo o nada, Tina será la garantía. Un destello irradió de los ojos cafés de Gabriel que contestó con un rotundo sí. En la última jugada, el médico descartó de entre sus cartas el cinco de copas, la sota de oro y el rey de bastos conservando los ases de espada y oro respectivamente.

¡Está todo resuelto! ―  pensó. Acto seguido pidió al muchacho sacar del tope de la baraja los respectivos cambios. Tras barajar sus cartas con el corazón en un hilo y un nudo en la garganta, las deslizó suavemente una por encima de la otra hasta descubrir la última carta, y se dio cuenta que tenía tres ases y una pareja de cuatros: un full que se miraba muy prometedor y que alimentaba las esperanzas de recuperar todo; más no le importaba perder a su mujer. Destapó sus cartas ante el muchacho que se había pedido cuatro cambios.

¡Bueno pues chico, al parecer esta no es tu noche, tuviste toda mi fortuna en tus manos y se te escapó! ― Le dijo Prudencio con una enorme sonrisa mientras mostraba su juego.

El muchacho sonrió desahogado mientras tomaba el último sorbo del envase de cerveza colocada sobre la tambaleante mesa. Agachó la cabeza y fingió sordida triteza, nadie sabía el caprichoso destino del azar.

¡Póker de machos! ― Gritó el muchacho, mientras los curiosos y enemigos conjurados de Pecorini presenciaban la inusual suerte de Gabriel Romero, el periodista y croupier de casino, y en tal calidad un completo artista en el arte de contar cartas, gacetillas, poemas, cuentos y ensayos.

Para Prudencio fueron gran oprobio las burlas y carcajadas de los presentes que se acercaban a ofrecerse como testigos y hacer correr la voz de la legalidad del gane. Carcomido por la rabía desenfundó del bolsillo interno de su solapa su pistola semiautomática  M1911, conocida vulgarmente en el argot del populacho como escuadra, y le asestó un mortífero disparo de 45 milímetros en el costado inferior izquierdo del joven Romero, lo que provocó un intenso sangrado que lo llevó a la muerte. Ese mismo disparo dispersó a curiosos y espectadores en general, los cuales se echaron a correr del lugar, quedando en el lugar solo un muchacho de tes humilde que sería el único que trató de darle auxilio a Gabriel que desangraba a borbollones. Prudencio de quien también se decía que tenía pacto con el diablo escapó del lugar, la policía fue su cómplice y se encargaron de silenciar aquel suceso.

El reporte de las pruebas condenatorias que se presentó al juez acerca del cobarde homicidio rezaba de la siguiente manera: “murió por herida mortal de bala causada por Pedro Pushtla, de 19 años de edad, indio originario del cantón Calzontes Arriba del departamento de Santa Ana, conocido ladrón de poca monta que llegaba todas las tardes a la capital en supuesta busqueda de trabajo, atraído por el espectáculo aéreo, se introdujo como polizón al evento y tras varios días de seguirle los pasos al joven Gabriel Romero, que generalmente viajaba solo, intentó robarle su cámara nueva de fabricación alemana. Éste al encontrar resistencia, disparó despiadadamente contra el periodista. El delincuente ya se encuentra recluido en el castillo de la policía en espera de su condena, exortamos a que se aplique con todo rigor la ley para este abominable criminal”.