TAL PARA CUAL

La señorita sostuvo la respiración mientras se disipaba aquella enorme nube de gas negro. Esa nube que dejaba a su paso un viejo autobús que se desvanecía en la lejanía y al que no pudo abordar. Aguardaba en la terminal, en medio de la soledad de la noche por un transporte, que en el fondo sabía que nunca llegaría, pareciendo no importarle la manera en que regresaría hasta su hogar en las afueras de la capital. De pronto se detuvo frente a ella un lujoso vehículo. En su interior vislumbró la figura de un hombre de apariencia mayor, que instantáneamente inspiró profunda confianza en ella, aunque su rostro no le fuera familiar. No tuvo miedo a pesar de que su corazón palpitó como si quisiera saltar de su pecho; fue él quien se le acercó, y con gesto amable le dijo:

— Me imagino vamos por el mismo camino, yo solía abordar en este sitio, pero seguramente, esperas algo o a alguien que me temo no va a pasar, pero puedes venir conmigo si así lo deseas — le dijo, sin presentarse.

Ella, sin mencionar palabra alguna, lo observó meticulosamente de pies a cabeza, y la ojeada le valió para aceptar tan temeraria oferta.

— Me dedico al ramo de la construcción, soy ingeniero civil — Le explicó él, sin duda para tratar de generar confianza a la discreta acompañante─, y hasta hace poco estuve designado para el tramo del nuevo Redondel Masferrer. ¿y tú? 

— Yo solo quiero escapar de mi injusto destino —le dijo en un súbito arranque de sinceridad, esto despertó escalonados recuerdos, conduciéndolo a las reminiscencias de una florida juventud.

—  Cada quien construye su propia cárcel, pero también cada quien puede encontrar la manera de escaparse de la misma, es la misma condición biológica del ser humano el aferrarse a su propia libertad. Le dijo mientras lo observaba por el retrovisor.

— Pero tu no eres un filosofo, un sabio, una adalid, todos escondemos algo en el fondo. Perversiones contra nosotros mismos, calumniamos, difamamos y ofendemos a nuestras anchas a nuestros prójimos, familiares y seres a los que supuestamente “amamos”.

– Aunque no me lo creas estas frente a dios-. Espetó con un susurro cerca de su oido.

La señorita no pudo contenerse y soltó una carcajada. ¿Estoy hablando con un dios? ¿O un pervertido dios que recoge mujeres que se han quedado sin poder abordar el último bus hacía un lugar tan lejano? Me sorprende que no intentaras violarme en el primer desvío que estaba menos oscuro que hacía el que nos dirigimos. Pero que puede importarme lo que me pase a estas alturas del partido. Entonces él le formuló una pregunta tan trascendental como personal:

-¿Acaso eres Clio “La que da la fama”, una de las hijas Mnemósine?

A la señorita no le quedó más que parpadear atónita escuchando aquellas palabras tan extrañas, que se alejaban de su cotidiano vocabulario.

— Yo sólo voy escapando de un matrimonio obligado a punta de pistola, el muchacho con el que estaba viviendo fue demasiado lejos esta vez, intentó quitarme la vida por querer compartirme con quien yo quiera, porque nací libre, de madre libre, de abuela liberal, jamás quise pertenecer a alguien.

— Has hecho algo sumamente malo o cometido algún crimen, ¿verdad?

— ¿Cómo puedes estar seguro?

—  Ya te lo dije en su determinado momento: soy un Dios que ayuda entre los mismos seres humanos, sin pedir diezmos, sin esperar oraciones ni mucho menos que nadie me rinda pleitesía.

— Mientes, lo has notado porque has visto mi pálido semblante, mis temblorosas manos que aun conservan el olor a pólvora, pueden verse con claridad los jirones de sangre en mi blusa—, soy libre y a la vez soy esclava de mi propia cárcel. Como todos los seres humanos somos esclavos de nuestras bajas pasiones, de la mentira y del desamor. Por fin libre de la opresión, aunque esclava de la culpa.

— No pongas cuidado en ello, estaré aquí para protegerte de todo lo que esta por venir. ¿sólo dime lo que hago? ¿Acaso quieres que me escape contigo, que nos vayamos juntos a vivir una excitante aventura por el mundo?

— ¿Quiero saber quién eres en realidad?

— Te lo he dicho todo, un ingeniero excepcional. Mis amistades me conocen como Zeus. Y me lo he tomado muy en serio.

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