A Sorayda en la inmensidad

Cruzaron sus miradas durante un largo viaje con destino a lo incierto, tal ves a una ciudad tan descomunalmente miserable o infinitamente maravillosa, quien sabe, lo único cierto era la incertidumbre y lo desconocida que aquella ciudad se manifestaba ante sus ojos que atónitos yacían contemplando cada exuberante detalle. Jamás en la vida se habían visto los rostros, pero parecía no importarles, ambos querían comerse el mundo a dentelladas. Ella viajaba con una simpleza que rasgaba el velo de la mediocridad y la monotonía, él con una maleta de sueños rotos y muchas culpas a sus espaldas, ambos parecían escapar de algo absurdo o siniestro. Tal vez los dos buscaban alivio, o simplemente mirar las estrellas tomados de las manos una de esas noches frías de Buenos Aires, o solo quizá convertirse cada uno en el universo del otro. Sólo bastó una palabra para que ella viviera atrapada en su campo semántico. Sorayda lo hipnotizaba con el vaivén de sus delgadas caderas y su característico sentido del humor, con sus sesudas pláticas y esa peculiar y especial manera de desviar las conversaciones a su propia conveniencia. Agitando sus manos al compás de los segundos que se estrellaban a cada momento en su tierna humanidad. Sus miedos, sus sueños, sus esperanzas, pronto pasaron a ser materia de experiencias calladamente compartidas entre ambos. El tiempo fue el encargado de separarlos, pero ninguno pudo sacarse de la mente al otro. Un buen día, ese cruel e ignaro destino, volvería a ponerlos de nuevo al filo de la navaja, los encarriló místicamente de nuevo en sus tortuosos y laberínticos caminos.

ella pronto lo aceptó en su menesterosa vida, lo abrazó y juntos comenzaron a devorar días, semanas y meses. Así si ella hubiera tardado mil años en volver, él la hubiese esperado más. Las llamadas fueron harto frecuentes, salieron a darle la vuelta al rampante mundo juntos, como dos locos enamorados, mientras afuera las tormentas azotaban al resto de los mortales. Todo apuntaba a que pronto estarían juntos, fundidos en uno solo, como una sola alma que errante vaga por los fragosos pasillos con los que esta construida la vida, más sin embargo, no seria así. Mientras las viejas campanas parecían silenciarse, sobre ellos descenderían, galopantes como reminiscencias, los viejos fantasmas de sus pasados ignotos. Él hizo una pregunta, antes de terminar al parecer, con la última conversación que tendrían en la vida:

— ¿Estas segura que no quieres que nos sigamos viendo?

La respuesta fue inusualmente vaga:

— Te extraño y lo haré todos los días…

Él de nuevo emprendió su vieja rutina y apresurándose arrojó el ancla hacía su propia soledad, era un obsesivo compulsivo destructor de esquemas, y entre ellos se incluían las estrictas reglas del amor idealizado, el que no sufre ni aguarda, ese que parece desafiar el mundo de los fenómenos, de lo real y concreto que emanan nuestras mortales existencias.

Estaba bajo la regadera de un chorro impreciso, tratando de borrar de su piel su perfume, que a pesar de haber transcurrido mucho tiempo desde aquella borrosa tarde de abril, éste permanecía incólume impregnado en sus manos, y en su ecléctico y heterodoxo pensamiento. De pronto suena de imprevisto una notificación en su computadora. Salió aun escurriéndose, auxiliado a medias nada más con la toalla de baño. Acudiendo al llamado con exuberante beneplácito y pronta rapidez, sabía que pronto lo buscaría.

— No quiero dejarte…

Así rezaba en la bandeja de entrada el que sería el preámbulo de la cascada de mensajes que habrían de trazar sus vidas, pero era demasiado tarde; el amor es como una bomba de tiempo y no se sabe si terminara por explotarles los sesos a los que lo toman como grito de guerra. Y los miedos hablaron por Soraya quien en silencio permanecía kilómetros lejos frente a una pantalla de celular, él logró escucharlos y les contestó:

— Dile a tus miedos que por fin ganaron la batalla, que me declaro perdedor de alma y de carne, que te pueden dejar en paz y que no insistiré de nuevo.

Súbitamente recordó todas las noches que la había acobijado en su pensamiento y creyó que era momento de dejarla partir. Directo a la inmensidad del misterio de la nada, a esa ciudad que tanto deseaba, con la que tanto soñaba, en la que siempre quiso vivir.

— ¿Te vas a olvidar de mí?— preguntó ella al unisono mientras la tierra no dejaba de convulsionarse de su eterno letargo y la lluvia no paraba de caer.

— Jamás. — Contestó él.

Ya que en el fondo sabía que Sorayda siempre iba a florecer en sus interminables pensamientos, en sus canciones, en sus deleites. Ella se había ido ya, él se encontraba feliz de regresar a la ciudad donde imperaba su más grande logro: ” La ciudad de su intrínseco misterio, llamada como el mismo”.

San Salvador 12 de abril de 2017.

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